Desde una perspectiva budista, en un nivel personal el perdón siempre es posible y uno debería perdonar siempre. Si bien muchos opinan que uno no tiene derecho a perdonar el daño que se le haya hecho a otros, se debe considerar perdonar en términos del bienestar de la sociedad. La sociedad no necesita el tipo de perdón que se da con ausencia de preocupación, misericordia, o peor, que es una aceptación del mal que se le ha hecho a otros. Eso dejaría la puerta abierta para que se repitan los mismos horrores. La sociedad necesita el perdón para que no se perpetúen los rencores, veneno y odio que madurarán de manera inevitable en nuevo sufrimiento. El odio devasta nuestras mentes y nos hace devastar la vida de otros. El perdón significa romper el ciclo del odio.
Una sociedad entera puede caer víctima del odio de la misma manera que una persona. Sin embargo el odio puede desaparecer de la mente de las personas. Una corriente puede contaminarse y envenenarse, pero aún puede ser purificada. Sin la posibilidad de un cambio interno, la humanidad quedaría atrapada en un remolino irremediable de maldad, una desesperación de derrota a sí misma. Un dicho budista dice ‟lo unico bueno del mal es que se lo puede purificar”. Los seres humanos pueden cambiar, y si alguien ha cambiado verdaderamente, el perdón no es una indulgencia para sus actos pasados, sino un reconocimiento de lo que se ha vuelto. Por lo tanto, el perdón está unido de manera íntima a la posibilidad de una transformación humana.
Desde un punto de vista budista, la bondad fundamental de un ser humano permanece muy en el fondo, incluso si el mismo se desvía en una persona muy malvada. La comparación que se da es la de una pieza de oro, que permanece inalterada incluso si se la entierra en basura. Siempre existe la posibilidad de limpiar la basura. Esto no implica ignorar la calidad fundamental de la basura, sino saber que puede quitarse y que el oro allí dentro puede volver a brillar.
(continuará)