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Una conducta inhumana e inexcusable: Ex monjes birmanos persiguen a ruaingás musulmanes

Por Matthieu Ricard el 13 de abril de 2016

Es necesario afirmar de manera clara y fuerte, que las persecuciones dramáticas de los pueblos musulmanes en Birmania (Myanmar) perpetuadas bajo la instigación de monjes budistas son totalmente inexcusables.
En realidad se trata más precisamente de ex monjes, puesto que a partir del momento en que se mata a alguien, o que se incita a una tercera persona a matar a alguien y que se disfruta de su muerte, se pierden inmediatamente los votos monásticos.

El Dalai Lama lo ha dicho varias veces de manera firme: “En el budismo no existe ninguna justificación que permita utilizar la violencia con el fin de obtener cualquier tipo de objetivo”.

Durante un encuentro entre representantes de varias religiones al cual yo participé en el marco del Foro Económico Mundial de Davos, el arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la paz declaró: “No conozco ninguna religión que afirme que matar sea admisible”. Cuando él pronunció esas palabras yo sugerí que dicho punto fuera objeto de una declaración común, sin equívoco, dirigida a los fieles de las diferentes religiones. La cuestión fue eludida bajo que pretexto que existía “una variedad de puntos de vista con respecto al tema”.

Para el budismo, no existe ninguna diferencia entre el hecho de matar en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Un soldado es responsable de los asesinatos que comete; un general es responsable de los asesinatos cometidos bajos sus órdenes. Un budista sincero debe rechazar toda participación a actos de guerra o a todo tipo de acto violento. Ocurre lo mismo en el jainismo que preconiza de manera estricta la no violencia o ahimsa. Los adeptos del jainismo son modelos en cuanto a la transposición de ese ideal a la vida diaria. Estas dos religiones no teístas, basan su comprensión del mundo en las leyes de causa y efecto. Según éstas, la ignorancia, el odio, la animosidad y el deseo son las causas principales de la violencia. La malevolencia siempre es contra productiva porque engendra o perpetúa el odio.

Si las religiones se contentaran con practicar la reglar de oro –“No hagas a los demás lo que no quieres que se te haga a ti mismo”-, la humanidad estaría mucho mejor. Sin importar que seamos o no creyentes, la primera tarea que debemos cumplir es la de convertirnos en mejores seres humanos. Y eso se logra gracias a la bondad y no al odio.

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