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Testimonio de Ève - 2

Por Matthieu Ricard el 12 de noviembre de 2013

Continuación y fin del testimonio de mi hermana, Ève Ricard, en las jornadas «Emergencias 2013» en Bruselas, dedicadas a «alegría en la adversidad».
Sentir en su cuerpo lo que el espíritu tiene de carnal hace de la enfermedad no un adversario sino una energía que tomo, una energía con la que equilibro las fuerzas. Abriendo la puerta del mundo, se abre siempre algo más grande.
Evidentemente la partida no es equilibrada pero si no puedo cambiar la enfermedad, puedo cambiar mi forma de vivir con ella. Tenemos la capacidad de abrir el espacio o de cerrarlo rechazando verlo.
Apoyarse en estos principios y mantenerse en ellos. Si puedo pronunciar la palabra ilimitado, lo ilimitado se hace entonces posible. Ver lo que sucede, para bien o para mal. Nuestra mirada se modifica y hace vivir la belleza secreta de cada cosa.
Hablar de la enfermedad no significa ofrecer testimonio de una desgracia. Pero no decir que es una desgracia sería una torpeza; ni justicia ni injusticia, no tengo otra elección que la del sentido común. La alegría nos invade por la densidad del instante, es la prueba de la fuerza del deseo.
Mi trabajo en el día a día, en las clases especializadas con niños cuya inocencia se ha ultrajado, cerca de la alegría ausente, ha sido reconciliarlos con este mundo que ya no quieren. Mi libro La Dame des mots (La dama de las palabras) es la salvaguardia de lo que nunca olvidaré de ellos.
Con estos niños, todos con fracaso escolar, para quienes el pensamiento es un sufrimiento y la palabra una traición, he intentado continuamente invitar la belleza y volver a darle vida a las palabras que organizan el pensamiento.
Parkinson Blues (El blues del Parkinson) y La Dame des mots (La dama de las palabras) cuentan el miedo de la diferencia, esa mirada que se desvía para no ver, ese lenguaje tranquilizador cuando ya no hay sordos ni ciegos ni pobre gente incluso que barra las calles, sino discapacidad auditiva, visual, limpiadores superficiales.
Digo no a los que juzgan lo que es no igual a ellos mismos, y no quieren ver la diferencia, entonces se abre un abismo entre las personas. Todos somos singulares y pertenecemos a la misma Tierra con sus tempestades, sus estaciones, sus periodos de calor máximo, allí donde la vida debe resultar victoriosa.
Mi trabajo tan cercano al sufrimiento de los niños me ha enseñado que para establecer una relación tranquilizadora no se puede hacer de sus heridas nuestras propias heridas. También, al principio, cuando sentí que mi vida se encerraba por la enfermedad, comprendí que debía liberar el máximo espacio posible. El sufrimiento psíquico del niño no es visible, no es definible. Es sin embargo el cese de su «malestar» lo que, desatándolo del peso de su desgracia, le abre su propia historia.
Es estar allí, tomarse el tiempo para aceptar los rechazos, volver a hacerlo sin tratar de comprender su miedo, escuchar su silencio, su violencia. Sólo estar ahí, presente, y que renazca su curiosidad, su deseo: esto es abrir el espíritu; es liberar las cadenas del miedo.
Para que la puerta del corazón del niño se abra y salga del refugio del rechazo, debe reconocer la bondad.
A esta infancia que tiene dolor, le devuelvo la humanidad que es la suya.
Día tras día, entreabro la puerta del deseo de estos niños. Apaciguo la parte sin corazón y sin la belleza del lenguaje cuando no se utiliza más que el de la violencia y no conoce ni el de la alegría ni el de la paz.
Así que llevo a los niños al descubrimiento de la aleación preciosa de los sustantivos, verbos, adjetivos, que reúnen libertades y reglas ineludibles y nos llevan allí donde los príncipes, con un solo beso, despiertan todo un reino.
De esta infancia que tiene dolor guardo el recuerdo de su vivacidad, su voluntad de convertirse en otra cosa; he visto a cada uno de estos niños, la fuerza y la vitalidad para la supervivencia, un despertar que viene.
En el silencio de los niños, en el trastorno de la enfermedad, puedo abrir una esperanza a priori imposible, he dejado que una luz baile en la noche de la desgracia, ¡la luz de la alegría!
Para leer: Ricard, E. (2012). La Dame des mots (La dama de las palabras). Editions Nil.