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Sobre el perdón (continuación)

Por Matthieu Ricard el 14 de junio de 2009

Al pedir perdón, el criminal no puede esperar escapar de las consecuencias de sus actos, la gravedad de sus acciones o la atrocidad de su crimen. Quizas un criminal verdaderamente arrepentido ni siquiera debería pedir perdón: al darse cuenta de la profundidad de su crimen, sus principales esfuerzos deberían ser para intentar, con humildad pero con todo el uso de sus capacidades, crear un bien contrarrestante para el mal que ha hecho.
Al hablar de perdón, uno también debería distinguir entre castigo y venganza. La sociedad tiene el deber de proteger a las personas de daño alguno, pero no tiene el derecho de exigir venganza. Sea asesinato o ejecución legal, cualquier forma de matar está sencillamente equivocada. Neutralizar y prevenir el daño no requiere de venganza y represalias.
A menudo se considera valiente reaccionar de inmediato con enojo y violencia cuando se ha causado daño. Pero en realidad aquellos que permanecen libres de odio muestran un coraje mucho mayor. Una pareja estadounidense fue a Sudáfrica para asistir al juicio de cinco adolescentes que habían asesinado a su hija en la calle de manera salvaje y sin razón. Miraron a los asesinos a los ojos y les dijeron: ‟No queremos hacerles a ustedes lo que ustedes le hicieron a nuestra hija”. De manera similar, el padre de una de las víctimas del atentado de Oklahoma dijo en la víspera del veredicto: ‟No necesito una muerte más”. Estos no eran padres insensibles. Simplemente notaron el sinsentido de perpetuar el odio. En este sentido, el perdón no es excusar el mal que se ha hecho: es abandonar por completo la idea de tomar venganza.
El perdón no
significa ‟absolución”, pues uno no puede ignorar la ley de causa y efecto. Alguien que haya perpetuado actos de odio sufrirá de manera acorde a lo largo de muchas vidas, hasta que haya acabado el potencial negativo de sus actos. Al considerar a tal persona, un budista tendrá claro en mente que el que haya causado daño inevitablemente sufrirá en una medida determinada por la magnitud de sus acciones. Esto despertará no sólo una mezquina pena por el asesino sino compasión por todos los seres sensibles, sabiendo cómo, hasta que se liberen del odio y la ignorancia, perpetúan un ciclo de sufrimiento sin fin. En resumen, el contemplar el horror de los crímenes de otros debería mejorar en la propia mente un amor y compasión sin límites para todos los seres, más que odio para unos pocos.
El amor altruista es el arma definitiva contra el odio. Un ser humano no es fundamentalmente malo, pero puede volverse así con facilidad. Por lo tanto nuestro verdadero enemigo no es alguien más sino el odio en sí. No puede haber desarme externo sin desarme interno. Todos y cada uno deben cambiar, y este proceso comienza con uno mismo.