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Sabio optimismo

Por Matthieu Ricard el 09 de julio de 2009

Cuando chirría una puerta, un optimista piensa que se está abriendo y un pesimista piensa que se está cerrando.

Para los optimistas, no tiene sentido perder la esperanza. Siempre podemos hacerlo mejor, limitar los daños, encontrar una solución alternativa, reconstruir lo que se ha destruido, tomar la situación actual como un punto de partida y utilizar el momento presente para avanzar, apreciar, actuar y cultivar la paz interior. Los optimistas no se dan por vencidos fácilmente. Reforzados por la esperanza de alcanzar su objetivo, persisten y lo logran con más frecuencia que los pesimistas, sobre todo en condiciones adversas. Los pesimistas tienden a distanciarse de las dificultades, caer en la resignación o recurrir a distracciones temporales que no solucionan sus problemas. Los pesimistas ven una amenaza en cada novedad y anticipan la catástrofe.

Los psicólogos han creído durante largo tiempo que las personas ligeramente depresivas tenían una perspectiva más ‟realista”. Los pesimistas tenderían a observar el mundo con atención y a analizar las situaciones de una forma más lúcida que los optimistas, mientras que los optimistas serían unos soñadores incurables e ingenuos. Sin embargo, ocurre que esto no es cierto. Nuevos estudios han demostrado que el juicio objetivo, imparcial y cauteloso de los pesimistas no es el adecuado. Cuando no se trata de pruebas realizadas en el laboratorio, sino de situaciones reales de la vida cotidiana, el enfoque de los optimistas es de hecho más realista y pragmático que el de los pesimistas.

Diversos estudios demuestran que los optimistas obtienen mejores resultados en los exámenes, en la profesión que eligen y en sus relaciones, viven más años y con más salud, tienen más posibilidades de sobrevivir al choque posoperatorio y son menos propensos a la depresión y al suicidio. Los psicólogos describen el pesimismo como una forma de explicar el mundo que genera ‟impotencia aprendida”.

Si el pesimismo y el sufrimiento fueran tan inmutables como nuestras huellas dactilares, lo más sensato sería evitar proclamar las virtudes de la felicidad y el optimismo. Si, por el contrario, el optimismo es una forma de ver la vida y la felicidad es una condición que se puede cultivar, más vale ponerse a trabajar y dejarse de lamentos e inseguridades.

Como escribió el filósofo francés Alain: «¡Cuán maravillosa sería la sociedad humana si cada uno arrimara su propia leña al fuego en vez de llorar sobre las cenizas!»
(continuará)