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‟Nunca nadie vio una caja fuerte en un ataúd.”

Por Matthieu Ricard el 25 de junio de 2011

Hace poco, me encontré con una persona mayor que estaba expresando su tristeza porque muchos de sus amigos estaban tan aferrados a su dinero, incluso cuando la muerte estaba cerca. Su conclusión fue la siguiente: ‟¿De qué sirve?” Nunca nadie vio una caja fuerte en un ataúd. »
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¿Qué nos gustaría dejar de legado para nuestros hijos? ¿Una adornada imagen de nosotros mismos? ¿Posesiones materiales por las cuales pelearán? ¿No sería mejor dejarles una fuente de inspiración, una visión del mundo significativa que pueda darles seguridad todos los días de su vida?

Se buscan la riqueza, los placeres, el rango y el poder como una manera de alcanzar la felicidad. Pero a medida que nos esforzamos, nos olvidamos del objetivo y usamos nuestro tiempo buscando los medios por el simple hecho de hacerlo. Y al hacerlo, nos olvidamos del motivo y nos quedamos profundamente insatisfechos. Esto de sustituir los medios por un fin es una de las principales trampas en el camino de la búsqueda de una vida plena. Ya lo dijo Richard Layard, profesor de la Escuela de Economía de Londres: ‟Algunas personas dicen que no deberíamos pensar demasiado sobre nuestra propia felicidad porque solo se puede ser feliz como un derivado de algo más. Esta es una filosofía funesta, una fórmula para mantenerse ocupado a toda costa.”

La riqueza, como cualquier otra herramienta, puede usarse para crear o destruir. Puede posibilitar el bienestar y la generosidad, o puede crear avaricia, orgullo y descontento, los cuales son obstáculos para una felicidad auténtica. La riqueza puede ser un medio asombroso para hacer el bien y, como consecuencia, puede llevar a una vida plena. La riqueza también conlleva riesgos. Puede hacer que nuestra vida sea miserable y puede hacer que lastimemos a otros.

Obviamente, para aquellos que no tienen los medios básicos de subsistencia y para aquellos que apenas tienen lo suficiente para sobrevivir, duplicar o triplicar sus recursos marca una gran diferencia y les lleva un verdadero sentido de satisfacción y alivio. Todos los estudios han demostrado que, además de eso, el aumento de la riqueza no lleva a una respectiva mejora del bienestar. Nadie rechazaría un aumento de salario y todos se regocijan cuando ganan la lotería.  Sin embargo, aparte de la algarabía temporal que estos acontecimientos generan, no traen una mejora duradera en nuestro bienestar; pasado un cierto punto, simplemente, no hay relación entre riqueza y felicidad verdadera.
El dinero no puede comprar la felicidad, a menos que se lo gaste en los demás
No obstante, otros estudios han demostrado que cuando se lo gasta en otras personas, el dinero puede, de hecho, comprar la felicidad. Hay una relación indiscutible entre el altruismo y la felicidad. Emocionalmente, es mejor dar que recibir, y la gente más altruista también parece ser la más feliz.
‟Descubrimos que la gente que dijo estar gastando más dinero en otras personas era más feliz,” dijo Elisabeth Dunn, la principal autora de un estudio* que midió cuán feliz se sentía la gente después de gastar su dinero en ellos mismos, o de donar dinero en causas sociales, como comprarle a alguien alimentos o hacer una donación benéfica. Se demostró que esto es verdadero con filantropía a gran escala y con donaciones de tan solo cinco dólares estadounidenses.

El trabajo realizado por Martin Seligman, uno de los pioneros de la ‟psicología positiva”, también demostró que la alegría de comprometerse a realizar una acción de bondad desinteresada brinda una profunda satisfacción. Para verificar esta hipótesis, le pedimos a un grupo de sus estudiantes que salgan y se diviertan, y a otro grupo que participen en una actividad filantrópica, y luego escriban un informe para la clase siguiente.

Los resultados fueron sorprendentes: la satisfacción provocada por una actividad placentera, como una salida con amigos, una película o un helado de banana, se veía enormemente eclipsada por la satisfacción proveniente de realizar un acto de bondad. Cuando el acto era espontáneo y estaba inspirado en las cualidades humanas, todo el día mejoraba; los individuos notaron que ese día, se convirtieron en mejores interlocutores, que fueron más amigables y que los demás los valoraban más. Seligman concluye: ‟El ejercicio de la bondad es una gratificación, y no, un placer”. Es gratificante en el sentido de crear una sensación de satisfacción duradera y un sentimiento de armonía con la naturaleza interior de uno. De esta manera, el altruismo no es un ‟sacrificio” sino que da lugar a una satisfacción doble: para uno y para los demás.

* E. W. Dunn, L.B. Aknin, M.I. Norton, ‟Spending Money on Others Promotes Happiness” (Gastar dinero en los demás promueve la felicidad), Science, 21 mars 2008
** Muchas gracias a nuestro amigo Gabs, por las caricaturas que amablemente dibujó para este blog