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No identificarnos con nuestro sufrimiento

Por Matthieu Ricard el 24 de julio de 2009

Por lo general, nos identificamos plenamente con nuestro sufrimiento y nos convertimos en parte de él. Sin embargo, incluso cuando nos atormenta con mayor intensidad, no somos nuestro sufrimiento, de la misma manera que no somos la enfermedad cuando nos aflige una dolencia.

Para lograr la plenitud en esta vida, es muy importante comprender que el sufrimiento es una enfermedad que nos afecta a todos en distinta medida y que, no obstante, hay algo en el interior de nuestra mente que permanece inmutable. Por lo tanto, debemos tomar consciencia de qué aspecto de la experiencia vital se ve afectado por el sufrimiento y qué aspecto de nuestra mente se mantiene inalterado.

Lo que nos causa pesar es una sucesión de sensaciones y pensamientos que nos lleva a aislar un aspecto de la realidad que se acaba convirtiendo en nuestra única preocupación y, de esa forma, le concedemos mayor importancia de la que tiene. Para librarnos de este pesar, debemos comprender mejor lo que permanece inalterado por el sufrimiento en nuestro interior.

Más allá de la sensación de dolor, hay una presencia sencilla, pacífica y despierta en nuestro interior. Esta presencia no es una entidad misteriosa, sino la cualidad más fundamental de nuestra conciencia, la que nos permite experimentar el mundo y a nosotros mismos. Si optamos por volvernos hacia ella para encontrar cobijo, esta presencia abierta actuará como un bálsamo sobre nuestros tormentos y nos permitirá recuperar la paz interior.

Cuando nos enfrentamos a emociones y sensaciones potentes, a menudo nuestra mente se ve privada de su libre albedrío. Una investigación en profundidad de los mecanismos de la felicidad y el sufrimiento y una mayor comprensión del funcionamiento de nuestra mente, combinados con un entrenamiento metódico de la misma, pueden ayudarnos a avanzar de forma gradual hacia la libertad.

Los imprevistos y el comportamiento de los demás escapan a nuestro control, pero siempre podemos influir en nuestra forma de experimentarlos. La superación de nuestra experiencia egocéntrica del sufrimiento nos permite emprender una gran cantidad de proyectos constructivos en la vida como, por ejemplo, ponernos al servicio de los demás.