blog

Maravilla y pena

Por Matthieu Ricard el 08 de junio de 2010

Durante años los ornitólogos estuvieron intrigados por el hecho de que las agujas colipintas (una especie de ave zancuda, de la familia de aves que viven principalmente cerca del agua, pero que no pueden aterrizar ni sumergirse en el agua para pescar) engordaran tanto antes de su migración invernal. «Se veían como pelotas de softbol voladoras», manifestó el investigador Robert Gill. En efecto, tenían que viajar una inmensa distancia, entre Alaska, lugar de observación del científico, y Nueva Zelanda; sin embargo, los científicos suponían que migraban mayormente sobre tierra, en donde podían descansar y alimentarse. Por lo tanto, no se podía entender el motivo por el cual estas aves se sobrealimentaran, y esto confundía a los científicos. 

Robert Gill se preguntó si las agujas colipintas no permanecerían en vuelo durante periodos mayores a lo que previamente se pensaba.
Recientemente, los investigadores han tenido la posibilidad de implantar transmisores satelitales en estas aves migratorias, lo suficientemente livianos como para no perturbarlas. Cuál fue su sorpresa al descubrir que las agujas colipintas baten todos los récords conocidos de vuelos sin escalas, viajando hasta 7100 millas en nueve días, el vuelo sin paradas más largo alguna vez registrado. ¡Entendemos entonces por qué necesitaban tales reservas de grasa! La aguja colipinta debe elevar su ritmo metabólico entre 8 y 10 veces, viajando día y noche, a 40 millas por hora. «Me quedé sin palabras», comentó Gill.

Pero la maravilla ante estas habilidades va de la mano de la tristeza igualmente grande que causa enfrentarnos con la devastación a la que sometemos a la naturaleza y los seres vivos. Los cifras caen como una acusación abrumadora. He aquí una muestra:

  • El 90% de los peces ha desaparecido de los océanos en el último siglo.
  • Las poblaciones de abejas han sido diezmadas en los últimos años, y los efectos sobre la polinización de las plantas, tanto silvestres como cultivadas, son tan enormes que algunas personas han especulado con que la extinción de las abejas podría, por reacción en cadena, llevar a la extinción de los humanos.
  • En 1990 había un millón de antílopes Saiga en Kazajstán y sus regiones limítrofes, solo 82 000 en 2009 y, el mes pasado, 12 000 de ellos murieron en unos pocos días debido a una epidemia de crecimiento explosivo.

¡Qué desperdicio! Todo esto se debe al egoísmo sin límite de los humanos que parecen incapaces de mirar más allá de su propio interés inmediato, y así parecen incapaces de tener en cuenta el bienestar general de otros seres vivos, incluido el propio.

La maravilla que evoca la contemplación de la naturaleza resulta ahora sumamente conmovedora porque está teñida de amargura.