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Los niños ya no suben a los árboles

Por Matthieu Ricard el 17 de junio de 2015

Durante un paseo por los campos franceses, un amigo me dijo: « En otro tiempo, durante la temporada de las cerezas, todos subíamos a los árboles para disfrutarlas. Hoy en día, las cerezas se quedan en las ramas. Los niños de ahora ya no suben a los árboles. Normalmente, permanecen sentados frente al ordenador”.

Diversos estudios muestran que los niños juegan juntos diez veces menos que hace treinta años, especialmente en los lugares públicos y sobre todo en la calle (1). Muy frecuentemente, el contacto con la naturaleza se limita a una imagen de fondo en la pantalla del ordenador y los juegos son cada vez más solitarios, virtualmente violentos, sin belleza, ni admiración alguna, sin el espíritu de la camaradería y de la simple satisfacción. Entre 1997 y 2003, el porcentaje de niños de 9 a 12 años que pasan tiempo en el exterior jugando juntos, haciendo caminatas o trabajando en el jardín, se redujo a la mitad (2).

En su libro El ultimo niño en el bosque (Last Child in the Woods), el periodista y escritor norteamericano Richard Louv, dice que estamos criando una generación de niños que sufren del “trastorno de deficiencia ambiental”, debido al hecho que no tienen prácticamente ningún contacto ni interacción alguna con el medio ambiente. Louv cita el siguiente comentario de un joven estudiante: “Yo prefiero jugar en casa, porque es allí que se encuentran todos los aparatos eléctricos” (3). Diversas investigaciones sugieren que la intensificación del contacto experimental con la naturaleza tiene un impacto importante sobre el desarrollo cognitivo de los niños.

El sociólogo Stephen Kellert por su parte, sugiere que la mente del niño se desarrolla al observar continuamente los fenómenos naturales y al intentar comprender como éstos influyen al mundo en el que crece. ¿Qué son las sombras?, ¿de dónde proviene el viento?: “Pocos ámbitos de la vida brindan a los jóvenes tantas ocasiones de pensamiento crítico, de investigación creativa, de resolución de problemas y de desarrollo intelectual, como las que proporciona el mundo natural”, concluye Keller (4). Otros trabajos sobre niños que presentan trastornos de la atención, muestran que al aumentar su participación a actividades en el exterior y en zonas verdes, así sea solamente ver un poco de naturaleza desde la ventana, su capacidad de concentración se incrementa (5).

(1) Rivkin, M. S. (1995). The great outdoors: Restoring children’s right to play outside. ERIC; Karsten, L. (2005). It all used to be better? Different generations on continuity and change in urban children’s daily use of space. Children’s Geographies, 3(3), 275–290.
(2) D. St. George, « Getting Lost in the Great Outdoors », Washington Post, 19 de junio de 2007. Citado por Rifkin, J. (2012). La troisième révolution industrielle. Ediciones: Les liens qui libèrent, p. 352.
(3) Louv, R. (2008). Last child in the woods: Saving our children from nature-deficit disorder. Algonquin Books, p 10. Citado por Rifkin, J. (2012), op. cit., p. 353.
(4) Kellert S. R., « The biological basis for human values of nature », in Kellert, S. R., & Wilson, E. O. (1995). The biophilia hypothesis. Island Press.
(5) Taylor Kuo 2002, Views of nature and Self-discipline