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La búsqueda de una felicidad egoísta frente a una felicidad altruista

Por Matthieu Ricard el 27 de agosto de 2011

El desarrollo de nuestras propias cualidades internas es la mejor manera de ayudar a los demás de una forma más eficaz. Al principio, nuestra experiencia personal es nuestro único punto de referencia. Nuestra experiencia personal y egocéntrica, que nos dice que no queremos sufrir, puede convertirse en la base de un punto de vista mucho más amplio que incluya a todos los seres. Todos dependemos unos de otros y todos aspiramos a la felicidad. Sería absurdo —si no imposible— sentirnos felices mientras innumerables seres alrededor nuestro sufren. Buscar la felicidad solo para sí mismo equivale a una condena al fracaso, ya que el egocentrismo es una importante fuente de nuestro descontento. Incluso si presentamos todos los síntomas externos de la felicidad, no podemos llegar a ser verdaderamente felices si no nos interesamos por la felicidad de los demás. El amor altruista y la compasión son los fundamentos de la verdadera felicidad.

Estas observaciones no pretenden ser recomendaciones moralistas, sino que sencillamente reflejan la realidad. Buscar la felicidad de forma egoísta constituye un camino seguro hacia la infelicidad, no solo para uno mismo sino también para todos los demás. Es posible que algunas personas piensen que la manera más eficaz de garantizar el propio bienestar es aislarse de los demás y esforzarse mucho por lograr la propia felicidad, sin tener en cuenta las circunstancias de los demás. Probablemente suponen que si todo el mundo hiciera lo mismo, todos seríamos felices. No obstante, el resultado sería exactamente lo contrario: en lugar de ser felices, tendrían que elegir entre la esperanza y el temor; sus propias vidas se colmarían de infelicidad y también destruirían la vida de las personas cercanas. A fin de cuentas, solo "buscar lo mejor" es una propuesta no viable para todos. Una de las principales razones por las cuales una estrategia de este tipo está condenada al fracaso es que el mundo no está hecho de entidades independientes dotadas de propiedades intrínsecas que por naturaleza las hacen bellas o feas, amigas o enemigas. Las cosas y los seres son, en esencia, interdependientes y se encuentran en un estado de transformación constante. Los elementos mismos de los que se componen las cosas y los seres solo existen unos en relación a los otros. La estrategia egocéntrica se encuentra permanentemente en conflicto con esta realidad y solo logra crear frustración.

El amor altruista —también llamado bondad— constituye el deseo de que los demás sean felices y que descubran las verdaderas fuentes de la felicidad. La compasión se define como el deseo de poner fin al sufrimiento de los demás y a las causas de ese sufrimiento. No se trata de sentimientos meramente nobles, sino que son sentimientos que se hallan, en esencia, en sintonía con la realidad. Todos los seres quieren evitar el sufrimiento, al igual que nosotros. Además, debido a que todos somos interdependientes, nuestra propia felicidad e infelicidad están estrechamente ligadas a la felicidad e infelicidad de los demás. Al cultivar el amor y la compasión nos beneficiamos todos.

La experiencia personal demuestra que, de todos los estados mentales, el amor y la compasión son los más positivos y generan un profundo sentido de realización e integridad. Las investigaciones en el campo de las neurociencias también indican que de todos los tipos de meditación, aquellos que se centran en el amor incondicional y la compasión dan pie a la mayor activación de las zonas del cerebro relacionadas con las emociones positivas. Además, el comportamiento al que estos tipos de meditación dan pie se propone beneficiar a los demás.

Si queremos que las acciones que llevamos a cabo por el bien de los demás tengan los beneficios esperados, también deben ser guiadas por la sabiduría: la sabiduría que podemos obtener por medio del análisis y la meditación, y que nos permite obtener una idea más fiel de la realidad. La razón última para la meditación es transformarse a sí mismo con el fin de estar más capacitado para transformar el mundo. En otras palabras, nos transformamos para convertirnos en seres humanos mejores y servir a los demás de manera más sabia y eficaz.