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Hay tres factores clave: El PIB, la satisfacción con la vida («Felicidad interna bruta») y Calidad medioambiental.

Por Matthieu Ricard el 24 de octubre de 2010

En sus orígenes, el PIB se creó para gestionar la crisis económica de 1929 y sólo puede medir un aspecto de la calidad de vida. La revolución científica, tecnológica e industrial experimentada durante el siglo XIX ha mejorado en general las condiciones de vida: la esperanza de vida ha crecido así como los servicios de salud, hay un mayor acceso a la educación, más justicia social, y ha aumentado de la equidad entre hombres y mujeres, etc. Sin embargo, hoy en día un número significativo de factores unidos al crecimiento provocado por esta expansión tienen efectos nocivos en la calidad de vida y el entorno. Por primera vez en la historia de la humanidad, podría verse que la acción del hombre daña irremediable e irreversiblemente nuestro ecosistema.

Esto nos obliga a usar nuevos datos que midan la prosperidad de las naciones. Ningún país desea sentir que su prosperidad disminuye. Hoy en día, una mínima caída del crecimiento económico se percibe como un fracaso. Por otro lado, si la riqueza de una nación se midiese según una combinación de PIB, la satisfacción con la vida (o FIB ”Felicidad interna bruta”) y la calidad del entorno. Con estos parámetros, los líderes y ciudadanos se alegrarían de un aumento anual de los dos últimos indicadores, aunque el PIB retroceda.

Como dijo el profesor Richard Layard, de la London School of Economics «Tenemos más alimentos, más ropa, más coches, casas más grandes, más calefacción central, más vacaciones en el extranjero, una semana laboral más corta, un buen trabajo y, sobre todo, mejor salud. Pero, no somos más felices... Si queremos ser más felices, necesitamos saber qué factores provocan la felicidad y cultivarlos.» (de: La Felicidad. Lecciones de una nueva ciencia)

No podemos esperar que la calidad de vida sea simplemente un producto añadido en el crecimiento económico, porque los requisitos para ambos son distintos. La felicidad interna bruta -que busca reducir el sufrimiento y aumentar el bienestar- debe ser evaluado en sus propios términos y seguido por su propio bien. Hay una ciencia que estudia la satisfacción vital de las personas, en momentos puntuales y a lo largo de toda la vida y que se correlaciona con su nivel de satisfacción con otros factores añadidos (recursos económicos, rango social, educación, grado de libertad, nivel de violencia en la sociedad en la que vive y situación política) y factores internos (la búsqueda de la felicidad hedónica o eudaimónica, optimismo o pesimismo, egocentrismo o altruismo, etc.) Los efectos beneficios de una política de este tipo deberían pues valorarse teniendo en cuenta las consecuencias que tiene en la satisfacción vital así como sus repercusiones en el medio ambiente.