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Encuentro con un viejo amigo

Por Matthieu Ricard el 13 de febrero de 2010

Un estudio recientemente publicado por la Revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de América (PNAS), muestra que el charrón ártico, cuya migración anual es la más larga de cualquier animal, viaja 70,000 km por año durante los movimientos estacionales entre Groenlandia y la Antártida. Cuando se considera que el charrón ártico puede vivir hasta 34 años, la distancia que viaja durante una vida de migraciones equivale a tres viajes de ida y vuelta a la luna. Este informe me recuerda mi fascinación con la otorrinolaringología durante mi adolescencia. Le coloqué bandas a varias aves y una de ellas, un parúlido o reinita, fue encontrada más tarde en Sudáfrica.

En ese entonces conocí a André Fatras, un entusiasta de la naturaleza y gran fotógrafo de la vida silvestre. Junto a su joven novia de 18 años y su hijo de apenas meses, André había descendido por el Loira en una barcaza, y finalmente desembarcó en la playa frente a la casa de mi tío Jacques-Yves Le Toumelin, un navegante que recorrió todo el globo. Pronto nos convertimos en grandes amigos, y fue André quien me enseñó fotografía durante mis numerosas estadías en su hogar rural en Sologne. André ha viajado por todo el mundo, desde la India hasta las Islas Galápagos y África. Ha sido depositado sobre el témpano Spitsbergen para fotografiar los gansos de nieve y otras especies en el Lejano Norte, llevando consigo, como parte de sus provisiones, una pieza de queso gruyere de 70 kilos. En la Antártida fotografió a su hijo Benjamin vestido como un pingüino, uno más entre un millón de pingüinos emperadores.

André también hizo nueve viajes a las Islas Kerguelen. Los recientes problemas en estas islas son un buen ejemplo de la devastación que causa el ser humano. Estas islas se encuentran ahora invadidas por gatos, ratas y conejos, que fueron llevados allí por el ser humano. Se están devorando unos a otros, después de haber exterminado la fauna local por completo. Sin embargo, una pequeña zona de la isla de aproximadamente veinte kilómetros de longitud permanece protegida debido a una elevación nevada que los depredadores no pueden cruzar. Es aquí donde André pasó meses en una caverna basáltica con su familia (por primer vez en la historia de Kerguelen), tomando fotografías de la vida natural local en todo su esplendor.

Durante diciembre pasado, en un hermoso día nevado de invierno, tuvimos la alegría de reunirnos (Dédé, Mati, Benjamin, nuestro amigo Yves (un fotógrafo de mariposas y hongos, entre otras cosas) y yo, Mama (o ‟Nincompoop”, como también me llaman) en su hogar de Sologne.

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