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Elogio de la lucidez: una puesta a punto esclarecedora– 1

Por Matthieu Ricard el 08 de julio de 2014

Con la ocasión de la aparición de Éloge de la lucidité (Elogio de la lucidez), la última obra de Ilios Kotsou, prologado por nuestro amigo común Christophe André, añadí mi pequeño granito de arena a este hermoso edificio en forma de epílogo; a continuación se extrae una versión ligeramente modificada.
La lectura refrescante y muy instructiva de este Éloge de la lucidité (Elogio de la lucidez), permite conocer a todos aquellos que aspiran a abrirse a la existencia de la comprensión, gracias a los análisis perspicaces de Ilios, que es importante no dejarse fascinar por el espejo de las alondras de una «felicidad envasada», por las vanas promesas de una felicidad «fácil, rápida y barata», por la comida rápida de la «meditación 3G» y por la agotadora persecución de una «euforia perpetua» desmitificada por otra parte por Pascal Bruckner. Nadie se levanta por la mañana deseando sufrir todo el día y si es posible, lo que le quede de vida, pero sabedlo, si corres persiguiendo la felicidad «llave en mano», le volveréis la espalda y no haréis otra cosa que alimentar obstinadamente las raíces mismas de vuestros sufrimientos.
La búsqueda de paraísos artificiales lleva la mayoría de las veces al purgatorio del desencanto, o peor aún, a los infiernos de la peligrosa ilusión individualista de creerse único, fuera de una sociedad que rechaza, pero que a su manera nos hace funcionar bien. Imitar la felicidad no hace más que reforzar el malestar. «Todo hombre quiere ser feliz, pero para llegar a serlo, habría que empezar sabiendo qué es la felicidad», escribía Jean-Jacques Rousseau.
Si todos los hombres buscan a su modo evitar la desgracia y llevar una existencia que les parece que vale la pena de ser vivida, están lejos de la aspiración de la realización. Los mismos medios de paliar el sufrimiento sirven a menudo para alimentarlo. ¿Cómo puede producirse este trágico menosprecio?
La primera ilusión consiste en buscar la felicidad como si fuera un tipo de entidad autónoma parecida al gran paquete de regalo que los niños esperan con impaciencia cuando se acerca la Navidad. La felicidad no es una «cosa» sino un proceso dinámico, un fruto que madura gracias a una miríada de causas y condiciones, un sentimiento de plenitud y de logro que emerge de un conjunto de cualidades de las cuales algunas dependen de condiciones exteriores, lo mismo que otras resultan de las virtudes sobre las que tenemos (en grados diversos) la facultad de cultivar: la libertad interior, la fuerza del alma, la benevolencia, así como un conjunto de capacidades, de recursos interiores que nos permiten gestionar los altos y bajos de la existencia.
Hay mucha ingenuidad, en particular, al imaginarse que solo las condiciones exteriores van a garantizar nuestra felicidad. Podríamos esperar que una gloria o una riqueza súbita colmara todos nuestros deseos, pero la mayor parte de las veces ocurre que la satisfacción procurada por tales eventos es de corta duración y no aumenta nada nuestro bienestar. Un estudio ha mostrado por ejemplo que la mayoría de ganadores de la lotería han conocido un periodo de jubilación después de su buena fortuna, pero un año más tarde han vuelto a su grado de satisfacción habitual, incluso más bajo.
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Ilios Kotsou (2014). Éloge de la lucidité (Elogio de la lucidez). Robert Laffont