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¿El preocuparse por la condición de los animales es indecente?

Por Matthieu Ricard el 14 de enero de 2015

Publicado en Le Monde, el 16 de diciembre de 2014 (Debates: “El falso proceso de la indecencia”).

Posteriormente a la publicación de La defensa de los animales, uno de los reproches que más he escuchado es que es indecente dirigir la atención hacia los animales y pretender mejorar su situación, mientras que el ser humano es víctima de tanto sufrimiento en Siria, en Irak, en Sudán y en otros lugares. El simple hecho de expresar consideración hacia los animales resultaría ser un insulto hacia el género humano. Pronunciado fuertemente y con un arrebato de indignación que pareciera apoyarse sobre virtudes supremas, dicho argumento parece “dar en el blanco”, pero si se le examina un poco se constata que no tiene ninguna lógica.

Si el hecho de dedicar algunos de nuestros pensamientos, de nuestras palabras y de nuestras acciones a la reducción del innombrable sufrimiento que infligimos deliberadamente a los seres sensibles que son los animales, constituye una ofensa al sufrimiento humano, ¿qué se podría decir entonces del hecho de escuchar France Musique, de hacer deporte y de ir a broncear en la playa?. ¿Aquellos que se dedican a dichas actividades y a muchas otras serian entonces unos individuos abominables, debido a que no dedican la totalidad de su tiempo a solucionar el hambre en Somalia?

Como lo expresa precisamente Luc Ferry : “Me gustaría que me explicaran cómo el hecho de torturar prestaría ayuda alguna al ser humano. ¿Acaso la situación de los cristianos en Irak mejora con el hecho de que miles de perros sean despellejados vivos en China cada año, y que luego se les deje agonizar durante horas, supuestamente porque entre más sufran mejor es su carne?. ¿Acaso el hecho de maltratar a los cánidos nos hace más sensibles a la desgracia de los Kurdos? […] Cada uno de nosotros puede preocuparse por los suyos, por su familia, por su trabajo e involucrarse más en la política o en la vida asociativa sin tener que masacrar animales.” (Le Figaro, noviembre 6 de 2014).

Si alguien dedicase el 100% de su tiempo al trabajo humanitario, no podríamos hacer más que motivarlo para que continúe. Incluso es posible apostar que una persona dotada con tal nivel de altruismo será igualmente benevolente con los animales. La benevolencia no es un producto que puede ser distribuido sólo con parsimonia como un pastel de chocolate. Es una manera de ser, es una actitud, es la intención de hacer el bien a todos aquellos que entran en nuestro centro de atención y de remediar su sufrimiento. Al amar también a los animales, no se ama menos al ser humano, de hecho se le ama mejor, pues la benevolencia es entonces más vasta y por lo tanto, de mejor calidad. Aquel que sólo ama una pequeña parte de los seres sensibles, o incluso de la humanidad, expresa una benevolencia parcial y limitada.

Para aquellos que no trabajar día y noche para aliviar la miseria humana, ¿qué tiene de malo el hecho de aliviar el sufrimiento de los animales en lugar de jugar a las cartas?. El sofismo de la indecencia que consiste a decretar que el hecho de manifestar interés por la situación de los animales es inmoral, mientras que miles de seres humanos mueren de hambre, generalmente no es más que una escapatoria para aquellos que en la mayoría de los casos no hacen mucho, ni por los unos, ni por los otros. A alguien que ironizaba sobre la utilidad final de sus acciones caritativas la Hermana Emmanuelle respondió: “¿Y usted, Señor, qué hacer usted por la humanidad?”.