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El ermitaño

Por Matthieu Ricard el 21 de julio de 2012

La vocación del ermitaño es a menudo mal comprendida. El ermitaño no se distancia del mundo porque se siente rechazado, porque no puede encontrar nada mejor que vagar por las montañas o porque es incapaz de asumir sus responsabilidades. Él decide marcharse, una decisión que puede parecer extremista, porque se da cuenta de que no puede controlar su mente y resolver el problema de la felicidad y el sufrimiento rodeado de las actividades interminablemente triviales y las distracciones de la vida común. No huye del mundo sino que toma distancia para ponerlo en perspectiva y comprender mejor cómo funciona. No escapa de sus congéneres sino que requiere de tiempo para cultivar el amor y la compasión verdaderos que no se verán afectados por preocupaciones ordinarias como el placer y el desagrado, el usufructo y la pérdida, el elogio y la culpa. Al igual que un músico que practica sus escalas o un atleta que ejercita su cuerpo, el ermitaño necesita tiempo, concentración y práctica constante para dominar el caos de su mente y adentrarse en el significado de la vida. Luego puede poner su sabiduría al servicio de los demás. Su lema podría ser: «Transfórmate a ti mismo para transformar mejor el mundo.»

Las situaciones caóticas de la vida ordinaria hacen que sea muy difícil progresar en la práctica y desarrollar la fuerza interior. Es mejor concentrarse únicamente en preparar la mente durante todo el tiempo que sea necesario. Un animal herido se oculta en el bosque para sanar sus heridas antes de estar nuevamente en forma para volver a deambular como le plazca. Nuestras heridas son el egoísmo, la malicia, el apego y otros venenos mentales.

El ermitaño no «se pudre en su celda» como ciertas personas imaginan. Aquellos que hayan experimentado cómo es verdaderamente dirán que uno madura en su ermita. Para alguien que permanece en la frescura de la conciencia plena del momento presente, el tiempo no se concentra en la pesadez de los días transcurridos en distracción, sino en la ligereza de una vida saboreada por completo. Si el ermitaño pierde interés en ciertas preocupaciones ordinarias no se debe a que su existencia se haya vuelto insípida sino a que reconoce, entre todas las actividades humanas posibles, aquellas que contribuirán verdaderamente a la felicidad de uno mismo y de otras personas.