blog

El altruismo no requiere "sacrificios"

Por Matthieu Ricard el 26 de marzo de 2014

El hecho de experimentar alegría al trabajar por el bien de otros, o de obtener beneficios inesperados para uno mismo, no constituye en sí misma una acción egoísta. El altruismo auténtico no exige que sufras para ayudar a otros y no pierde su autenticidad si viene acompañado de una profunda satisfacción. Es más, la sola noción de sacrificio es relativa: lo que parece un sacrificio para algunos, otros lo sienten como un logro.

Para remediar el sufrimiento de otros, podemos elegir entre pagar con nuestra propia persona, o ceder parte de nuestras posesiones o comodidad. De hecho, si nos mueve una motivación altruista sincera y decidida, experimentaremos esta acción como un éxito y no como un fracaso, una ganancia, no una pérdida; una alegría, no una mortificación. La abnegación que se considera como un ‟sacrificio” y, dada esa descripción, condenada por los partidarios del egocentrismo, es un sacrificio solo para el egoísta. Para el altruista, se convierte en una fuente de logro. La calidad de nuestra vida no disminuye, sino que aumenta. ‟El amor es lo único que se duplica cada vez que se da”, dijo Albert Schweitzer. Entonces ya no podemos hablar de sacrificio , ya que, subjetivamente, la acción lograda, lejos de sentirse como sufrimiento o pérdida, tiene el efecto contrario al darnos la satisfacción de haber actuado en una forma correcta, deseable y necesaria.

Cuando hablamos del ‟costo” de una acción altruista, o de sacrificios hechos por los demás, a menudo es cuestión de sacrificios externos, como nuestra comodidad física, nuestros recursos financieros, nuestro tiempo, etc. Pero este costo externo no corresponde a un costo interno. Incluso si hemos dedicado tiempo y recursos para lograr el bien de los demás, si este acto se experimenta como una ganancia interior, la sola noción de costo se evapora.

Es más, si reconocemos el valor del deseo común de todos los seres sensibles de evitar el sufrimiento, parece razonable y deseable que aceptemos ciertas dificultades con el fin de asegurar grandes beneficios para ellos. Desde este punto de vista, si una acción altruista nos hace bien indirectamente, tanto mejor; si no nos hace ni bien ni mal, no importa. Y si requiere ciertos sacrificios, vale la pena el problema, ya que nuestro sentimiento de logro se vuelve más profundo.

Todo es cuestión de proporción y sentido común: si aliviar el sufrimiento es el criterio principal, sería irrazonable sacrificar nuestro bienestar duradero para que el otro pueda disfrutar de una ventaja menor. El esfuerzo requerido debe tener un significado. Sería absurdo arriesgar nuestras vidas para rescatar un anillo que se cayó al agua, o gastar una enorme cantidad de dinero para dar una caja de botellas de vodka a un alcohólico. Por otra parte, sería significativo salvar la vida de una persona que ha caído al agua o usar nuestro dinero para ayudar al alcohólico a superar la enfermedad que lo está matando.