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Cómo enfrentar el antojo

Por Matthieu Ricard el 07 de julio de 2011

El deseo es, principalmente, un impulso. Quizás desee salvar al planeta o liberar a todos los seres vivos del sufrimiento. Pero cuando el deseo se enreda con el antojo y fuertes afectos, nuestra experiencia demuestra que pueden llevar al sufrimiento.

Normalmente, el deseo comienza con una imagen. Si la imagen es tentadora y promete placer, provoca una reacción en cadena. Hay una sed de atraer u obtener el deseo visto en la imagen mental. Desde ese momento, comenzamos a superimponernos la realizad y a percibir solo las cualidades deseables del objeto. Pronto, todos sus aspectos y consecuencias negativos se vuelven invisibles.
Las experiencias placenteras, a menudo, provocan más antojo, ya que uno desea renovar la sensación placentera. Gradualmente, esto establece un patrón de ganas. En algún punto, el placer puede menguar pero las ganas persisten. Cuando uno desarrolla fuertes ganas de algo que ya no es agradable, uno queda preso.
No podemos esperar una solución mágica que nos libere, de pronto, de todos nuestros antojos, ya que se desarrollan con el tiempo. Pero un entrenamiento perseverante de la mente puede, gradualmente, disminuir estas fuertes tendencias.

Una forma de hacerlo es dejar de identificarnos con nuestros antojos. Por lo general, identificamos, por completo, nuestras emociones. Cuando nos vence el deseo, somos ingenuos con ese sentimiento. Está omnipresente en nuestra mente. Sin embargo, la mente siempre puede examinar lo que está pasando dentro de ella. Todo lo que necesitamos hacer es observar nuestras emociones de la misma manera que observaríamos un evento externo que está sucediendo frente a nosotros. La parte de nuestra mente que está consciente del deseo está simplemente consciente, pero no tiene antojo. Podemos retroceder, darnos cuenta de que este antojo no tiene solidez y permitir que tenga el espacio suficiente para disolverse. Deja que tu mente descanse en la paz de la concientización, se libere de la esperanza y el miedo, y valora la frescura del presente, que actúa como un bálsamo para el fuego del deseo.